En mi estancia en La Haya, con motivo de mi participación en la Conferencia Internacional Justice Matters, no pude dejar de visitar los tribunales internacionales que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial.
Recorrer tanto la Corte Penal Internacional como la Corte Internacional de Justicia, no fue únicamente estar en dos instituciones jurídicas emblemáticas. Fue confrontarme, como juzgadora, con la historia más dolorosa de la humanidad.
Con las guerras, los genocidios, las persecuciones y las atrocidades cometidas contra seres humanos… por otros seres humanos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo prometió que nunca más la fuerza estaría por encima del Derecho.
Por eso nacieron tribunales internacionales: para intentar sustituir la violencia por la justicia y la barbarie por instituciones.
Sin embargo, las guerras continúan.
Los conflictos armados siguen arrebatando vidas inocentes.
Y la dignidad humana continúa siendo vulnerada en muchas regiones del mundo.
La existencia de estos tribunales me hizo reflexionar sobre algo profundamente humano y profundamente doloroso: el Derecho, por sí solo, no basta si las sociedades no defienden la paz, la verdad y la dignidad de las personas.
Como juzgadora, esta visita me dejó una convicción aún más fuerte: impartir justicia es asumir una responsabilidad ética frente al sufrimiento humano y nunca perder de vista que detrás de cada expediente hay vidas, historias y dolor real.
Hoy más que nunca, el mundo necesita instituciones fuertes, jueces independientes y sociedades que comprendan que la justicia y la paz jamás deben darse por sentadas.
Recordé la frase: “Nada de lo humano me es ajeno”
Aquí les dejo un video sobre mi visita a ambas Cortes.

